Representa disciplina, profundidad, excelencia. Pero hacia adentro, la experiencia es muy distinta. Cada vez hay más evidencia de que el sistema que produce conocimiento también está produciendo desgaste, aislamiento y, en muchos casos, un deterioro serio de la salud mental de quienes lo sostienen.
Un estudio reciente que analizó a más de 300 doctorandos muestra cifras difíciles de ignorar: casi la mitad presenta síntomas de depresión moderada a severa, cerca del 40% niveles significativos de ansiedad y más de un tercio se encuentra en riesgo de conducta suicida . No se trata de casos aislados ni de situaciones individuales. Es un patrón. Y lo más inquietante es que estos niveles no se explican por condiciones previas, sino por el propio proceso doctoral.
A eso se suma un elemento que suele subestimarse: la soledad. No como condición física, sino como experiencia subjetiva. Se puede estar rodeado de gente, participar en múltiples espacios académicos y aun así sentirse completamente desconectado. El estudio es claro en este punto: la soledad es el predictor más fuerte de depresión, ansiedad y riesgo suicida. Y no se resuelve con más reuniones, más actividades o más interacción digital. Se resuelve con vínculos reales, algo que muchas veces el sistema académico no está diseñado para ofrecer.
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